Mujercitas
Mujercitas No importa, ya ha cumplido su propósito y encontraré textos mejores cuando me deje leer el cuaderno marrón en el que guarda todos sus secretos, se dijo el señor Bhaer viendo volar los fragmentos con una sonrisa.
—Sà —repuso—, cuando lo leà me dije: «Está triste, se siente sola y el amor podrÃa consolarla». Y yo tenÃa el corazón lleno de amor para ti, asà que me animé a venir a ver si no te parecÃa un regalo demasiado pobre. En verdad es poco en proporción a lo que yo esperaba recibir.
—Y, cuando viniste, comprendiste que no era poco sino el regalo más valioso y el que más necesitaba —murmuró Jo.
—Al principio, no me atrevà a considerarlo asÃ, a pesar de lo bien que me recibiste. Pero, al cabo de un tiempo, empecé a albergar esperanzas. Y, llegado un momento, me dije que tenÃa que conseguirte o morirÃa. ¡Y lo harÃa! —exclamó el señor Bhaer con un gesto desafiante, como si la niebla que los cercaba fuese una barrera que tuviese que franquear o derribar valientemente.
A Jo le pareció maravilloso y decidió que debÃa ser digna de su caballero, aunque éste no hubiese venido a lomos de un corcel con una brillante armadura.
—¿Y por qué no acudiste antes? —preguntó, incapaz de comedirse ahora que podÃa hacer preguntas personales que sabÃa que él responderÃa amablemente.