Mujercitas
Mujercitas —Fue duro, pero no querÃa venir a sacarte de tu adorable casa hasta tener la posibilidad de ofrecerte un hogar y tuve que esperar y trabajar de firme. ¿Cómo podrÃa pedirte que lo dejases todo por un hombre pobre y viejo como yo, cuya única fortuna es lo poco que sabe?
—Me gusta que seas pobre. ¡No soportarÃa a un marido rico! —repuso Jo, y añadió en un tono más dulce—: La pobreza no me asusta; la he conocido durante el tiempo suficiente para perderle el miedo y me siento feliz trabajando para mis seres queridos. Yo no te veo viejo, nunca me lo has parecido, y no podrÃa dejar de amarte aunque tuvieses setenta años.
Al profesor estas palabras le conmovieron tanto que, de haber podido coger su pañuelo, hubiese echado mano de él. Pero, como no le era posible, fue Jo quien le secó las lágrimas y, mientras le liberaba de un par de bultos, dijo entre risas:
—Puede que sea una mujer de carácter, pero ahora nadie podrÃa decir que estoy fuera de lugar, pues se supone que las mujeres hemos venido a secar lágrimas y soportar cargas. Friedrich, deja que lleve mi parte y colabore en el sustento de la casa. Hazte a la idea o no aceptaré ser tu esposa —añadió decidida mientras él protestaba.