Mujercitas
Mujercitas —Ya veremos. Jo, ¿tendrás paciencia para esperar un tiempo? Debo marcharme y cumplir con este trabajo. Primero he de ayudar a mis sobrinos, porque no puedo faltar a la palabra que le di a Minna, ni siquiera por ti. ¿Podrás perdonarme y esperar?
—SÃ, porque el amor que nos tenemos hará más fácil la espera. Yo también tengo obligaciones y un trabajo que hacer. Y, al igual que tú, no podrÃa ser feliz si descuidase mis deberes. Asà que no hay lugar para la prisa o la impaciencia. Ve al oeste y cumple con tu deber; yo cumpliré con el mÃo aquÃ. Seamos felices, esperemos lo mejor y dejemos que Dios decida nuestro futuro.
—¡Ah, querida, me das tanta esperanza y valor y, a cambio, yo no te puedo entregar más que mi corazón y estas manos vacÃas! —exclamó el profesor, abrumado.

Estaba visto que Jo nunca aprenderÃa a comportarse como una dama porque, en cuanto le oyó decir eso, de pie, en las escaleras, colocó sus manos entre las suyas y murmuró con dulzura:
—Ahora ya no están vacÃas.