Mujercitas

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A continuación, se inclinó y besó a su Friedrich bajo el paraguas. Era una falta de decoro, pero lo hubiese hecho aunque la bandada de gorriones que había sobre el seto hubiesen sido personas, puesto que ya había ido demasiado lejos y lo único que la preocupaba era su felicidad. Y ésta llegó de un modo muy sencillo, pues, en un momento decisivo en sus vidas, Jo dio la espalda a la noche, a la tormenta y a la soledad, fue hacía la luz, la calidez y la paz del hogar donde los esperaban con un alegre «Bienvenidos a casa», dejó entrar al amor y cerró la puerta tras de sí.











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