Mujercitas
Mujercitas —¡Sin duda la familia es lo más hermoso del mundo! —exclamó Jo, que se sentÃa más animada de lo normal—. Cuando tenga la mÃa, confÃo en que será tan dichosa como las tres que tan bien conozco y tanto quiero. Si John y Fritz estuviesen aquÃ, esto serÃa el cielo en la Tierra —añadió más serena. Y aquella noche, cuando se retiró a su habitación, tras una velada de consejos familiares, esperanzas y planes, su corazón estaba tan pletórico que, para calmarse, se arrodilló junto a la cama vacÃa que estaba junto a la suya y, llena de ternura, evocó el recuerdo de Beth.
Aquél fue un año sorprendente en el que todo pareció ocurrir a un ritmo extrañamente rápido y de la mejor de las maneras. Sin apenas darse cuenta, Jo se encontró casada e instalada en Plumfield. Después, una familia de seis o siete muchachos surgió de la nada, como una seta, y floreció de manera sorprendente. Eran niños pobres y ricos; el señor Laurence les remitÃa continuamente niños indigentes con historias emotivas, rogaba a los Bhaer que se hiciesen cargo de ellos y se ofrecÃa a costear su manutención. De ese modo, el astuto anciano sorteaba el orgullo de Jo y la ponÃa en contacto con la clase de muchachos con los que ella tanto disfrutaba.