Música y macarrones
Música y macarrones En vano Mario agitó su cartera ante sus ojos; en vano rogó Stella y rabió Tino: la bondadosa anciana no quiso ceder, por más que le hacía falta dinero, quería a Stella y le disgustaba desilusionar al muchacho, que era en verdad la niña de sus ojos. En la pequeña habitación tuvo lugar una escena agitada, pues todos hablaban al mismo tiempo, gesticulaban como locos y se excitaban sobremanera durante la discusión, pero no hubo nada que hacer, y el Signor Mario partió furioso. Mariuccia quedó con su rueca, severa como el destino; Stella deshecha en lágrimas, y Tino tan furibundo que sólo pudo correr al granero y echarse en su tosco lecho, donde pataleó, sollozó y se mesó los cabellos, deseando que diez mil terremotos se tragaran a esa cruel anciana en un instante.
Stella fue a implorarle que se tranquilizara y comiera su cena, pero él corrió el cerrojo de madera y se negó a dejarla entrar, diciendo con severidad:
—Jamás bajaré, hasta que Mariuccia acceda a mi partida. Antes moriré de hambre. No soy un niño para que me traten así… Vete y déjame solo; ¡las odio a las dos!