Música y macarrones
Música y macarrones Y, cruzando los campos en flor, salieron del patio, subieron la empinada calle y entraron en la cocina donde la linda hermana de Tino comía alcachofas con pan, mientras la anciana hacía girar su rueca bajó el sol. Ambas estaban habituadas a los forasteros, pues la casita era pintoresca como un nido de pájaros entre parras e higueras, con un vistoso terreno sembrado de flores por delante. Por eso los viajeros solían ir a probar la miel de Mariuccia, cuyas abejas producían panales colmados con la dulzura extraída a las violetas y las rosas, y guardada en cajitas de cera hechas por obreras más hábiles que las de la fábrica.
Las dos mujeres escucharon respetuosamente el plan expuesto por el Signor Mario de manera tan amable, y Stella quedó muy impresionada por la perspectiva que se abría para su hermano. Pero la sabia anciana sacudió la cabeza negativamente, y declaró con decisión que el muchacho era todavía demasiado joven para abandonar su hogar. El padre Angelo le enseñaba bien; estaba seguro y feliz en su casa, y allí debía permanecer, puesto que ella había jurado por todos los santos a su madre moribunda, que lo cuidaría como a «la niña de sus ojos» hasta que estuviera en edad de cuidarse solo.