Música y macarrones
Música y macarrones Todo esto envanecía al muchacho, que esperaba algún día marcharse como Bautista, que ahora cantaba en una hermosa iglesia de Génova y enviaba napoleones de oro a sus ancianos padres. En cuanto a cómo obtener esto, Tino no tenía la menor idea, pero alegraba su labor con toda clase de planes alocados y cantaba lo mejor posible durante la Misa, en la esperanza de que algún forastero lo oiría y se lo llevaría tal como el Signor Pules se había llevado a Tista, cuya voz, según decían todos, no era tan maravillosa como la suya ni mucho menos. Sin embargo, nadie venía y a los trece años Tino seguía trabajando en el valle. Era un muchacho feliz, que cantaba todo el día mientras llevaba de un lado a otro su fragante carga, comía bajo los árboles su cena de pan y habas fritas, y de noche dormía como un lirón sobre su paja limpia en el granero de Mariuccia, con la luna como lámpara y el calor del verano como manta.
Un día de setiembre, en que aventaba semillas de reseda en un rincón tranquilo del vasto jardín, pensaba en sus esperanzas y planes y practicaba el último cántico enseñado por el padre Angelo, mientras sacudía y sostenía en alto el cernidor, a fin de que el viento se llevara las cáscaras, dejando las semillas pardas.