Ocho primos
Ocho primos Estaba precisamente procurando meterse bien en el cerebro que Amoy se hallaba a doscientas ochenta millas de Hong—Kong, cuando Fun regreso presuroso, trayendo lo que ella creyó que sería una espadita, pero que resulto ser un abanico inmenso, el cual le fue regalado con una retahíla de cumplimientos chinos, cuyo significado la hubiese divertido mucho más que el sonido si hubiese podido entenderlos.
Nunca había visto abanico tan sorprendente y en el acto quedo ensimismada en su contemplación. Por supuesto, no tenía perspectiva ninguna la pintura, lo cual fue motivo de mayor interés por parte de Rosa. En uno de los lados se veía una dama con agujas de tejer azules en el cabello, sentada directamente encima de la aguja de una pagoda impresionante. En otra parte un arroyo parecía entrar directamente por la puerta principal en la casa de un señor gordo y salir por la chimenea. Había también una pared en zigzag que llegaba hasta el cielo como un rayo de luz, y un ave de dos colas empollaba al parecer sus polluelos en la cabeza de un pescador cuyo barco estaba por encallar en la luna.