Ocho primos
Ocho primos Una vez que el chino coloco estos objetos en orden sobre la mesa, delante de Rosa, le indicó por señas que eran suyos, obsequio de su tío. La niña le devolvió las gracias en igual forma, hecho lo cual el chino se volvió a su cajón de té y, no disponiendo de otros medios de comunicación, se sentaron sonriendo y dedicándose inclinaciones de cabeza en forma absurda, hasta que por último pareció que a Fun se le ocurrió una idea. Descendiendo de su asiento, salió de allí todo lo de prisa que permitían sus faldillas, y Rosa se quedo confiando que no hubiese ido a buscar una rata asada, un perrito en guiso o cualquier otra comida extranjera que se viese obligada a ingerir por razones de urbanidad.
Mientras aguardaba el retorno de su nuevo amigo, su mente atesoro conocimientos que, de saberlo, habrían hecho las delicias de la tía Juana. Los caballeros hablaban de toda clase de cosas y ella escuchaba con atención, almacenando cuanto oía, pues poseía buena memoria y anhelaba distinguirse mediante la mención de datos útiles cuando la reprochasen ignorancia.