Ocho primos

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CAPĂŤTULO 8

QUÉ VINO A RESULTAR

—Tío, ¿puede prestarme nueve peniques?. Se los devolveré en cuanto tenga dinero mío —dijo, Rosa, entrando de prisa en la biblioteca aquella tarde.

—Creo que puedo, y no te cobrare interés; de modo que no es necesario que te des prisa por pagarme. Ven aquí atrás y ayúdame a arreglar estos libros, siempre que no tengas algo más agradable que hacer —le contestó el doctor Alec, entregando el dinero con esa presteza que tanto deleita cuando los prestamos son pequeños.

—Vengo dentro de un minuto; he estado deseando arreglar mis libros, pero no me atreví a tocarlos, porque usted siempre pone mala cara cuando leo.

—Pondré mala cara cuando escribas, si no procuras hacerlo mejor de lo que has hecho este catálogo.

—Se que está mal, pero estaba apurada cuando lo hice, y ahora también —y dicho esto, Rosa salió presurosa, feliz por haberse librado de un sermón.

Pero el sermón la esperaba a su regreso, pues el tío Alec seguía mirando la lista de libros con las cejas fruncidas y pregunto con mal gesto, señalando un titulo que parecía estar por salirse de la página:

—¿Qué dice aquí? ¿«Perdices Servidas»?

—No, tío; dice «Paraíso Perdido».


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