Ocho primos

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Con mucha vacilación, Rosa exhibió su libro de cuentitas.

Era sin duda bondadoso el tío Alec, pues no se rió; y Rosa se sintió muy agradecida al oírle decir, como una sugerencia suave —Veo que están un poco mezclados los peniques y los chelines; tal vez, si los enderezo un poco, empezaremos a encontrar cositas.

—Hágalo, por favor, y luego, enséñeme en una hoja limpia la manera de anotar las cifras, para que las mías queden tan limpias y ordenadas como las suyas.

Mientras observaba Rosa la facilidad con que el hombre enderezaba aquel enredo, resolvió íntimamente buscar su viejo libro de aritmética y perfeccionarse en las cuatro reglas, con un buen repaso de fracciones, antes de leer nuevos cuentos de hadas.

—¿Soy rica, tío? —preguntó de pronto, al tiempo en que el hombre copiaba una columna de cifras.

—Más bien pobre, a mi juicio, ya que has tenido que pedir prestados nueve peniques.

—La culpa es suya, porque se olvidó de mi cuota para pequeños gastos; pero ¿le parece que ahora seré rica?

—Temo que sí.

—¿Teme?

—En efecto; porque mucho dinero es mala cosa.

—Puedo regalarlo, ¿sabe?; esa es precisamente la mayor ventaja de tener dinero.


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