Ocho primos

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—Me encanta que lo pienses, pues puedes hacer mucho bien con tu fortuna si sabes emplearla debidamente.

—Usted me enseñará, y cuando sea mujer pondré una escuela en que no se enseñe más que leer, escribir y cuentas, donde todos los chicos se alimenten de avena y las chicas tengan cinturas de un metro de ancho —dijo Rosa, cuyas mejillas se ahuecaban en una repentina sonrisa burlona.

—Eres una impertinente, por venirme con esas pullas en mitad de mi primer intento de enseñanza. Pero no importa, ya te buscare una dosis más amarga la próxima vez.

—Adiviné que usted quería reír un poco, y por eso lo hice. Pero me portare bien, maestro, y haré mis ejercicios muy bien hechos.

El doctor Alec se distrajo, como al parecer deseaba, y Rosa se sentó a escuchar una lección de cuentas que no había de olvidar jamás.

—Ven aquí y léeme en voz alta; tengo la vista cansada, y es agradable sentarse junto al fuego mientras afuera cae la lluvia y la tía Juana sermonea arriba —dijo el tío Alec después de haber puesto en orden las cifras del mes anterior y empezar la nueva página.


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