Ocho primos
Ocho primos A Rosa le agradaba leer en voz alta, y con gran alegría le hizo escuchar el capítulo de «Nicolás Nickleby» en que las señoritas Kengwigs toman su lección de francés; realizó el mayor esfuerzo posible, consciente de que el tío le buscaría fallas y deseosa de causar buena impresión en esto como en todo lo demás.
—¿Sigo, señor? —preguntó mansamente después que concluyó el capítulo.
—Si no estás cansada, sí; es un placer escucharte, porque lees admirablemente bien —fue la respuesta, de la cual no pudo menos de sentirse orgullosa y halagada.
—¿Lo cree de veras, tío? ¡Que contenta estoy! Papá me enseñó, y solía leerle horas enteras; pero pensé que tal vez a él le gustaba porque me quería mucho.
—También yo te quiero; pero lees extraordinariamente bien, y me satisface mucho que así sea, pues es condición muy rara y que aprecio en cuanto vale. Ven aquí a esta sillita baja; hay mejor luz, y puedo darte unos tironcitos de cabellos cuando corras demasiado. Ya veo que tu tío encontrará en ti un gran consuelo y un motivo de orgullo cuando sea muy viejo.
El doctor Alec la acercó hacia sí y su mirada y el tono de su voz fueron tan paternales que tuvo la sensación de que sería facilísimo amarlo y obedecerlo, ya que con tanta habilidad mezclaba reproches y alabanzas.