Ocho primos

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Cuando llegó a su fin otro capítulo, el ruido producido por las ruedas de un carruaje les anunció que la tía Juana estaba por salir. Sin embargo, antes que pudieran ir a su encuentro, apareció ella en la puerta, envuelta en un impermeable que le daba un extraño aspecto de momia alargada y con anteojos que brillaban como ojos de gato desde las profundidades de su capucha.

—¡Lo que imaginé! Acariciándola para que se eche a perder, y obligándola a quedarse leyendo estupideces hasta muy tarde. Confío, Alec, que no dejarás de reconocer la responsabilidad que has aceptado —le dijo, sin disimular su satisfacción de ver que las cosas iban mal.

—Hermana Juana, tengo el convencimiento de que no pierdo de vista mi situación —le contestó el doctor Alec, elevando cómicamente los hombros y mirando de reojo la carita brillante de Rosa.

—Es una pena hacer que una chica como Rosa pierda de ese modo horas que no vuelven. Mis hijos, por ejemplo, han estudiado todo el día y Mac está dedicado aún a sus libros, mientras que estoy segura de que tú no has estudiado nada desde que viniste.

—Hoy he aprendido una lección estupenda, tía —fue la inesperada respuesta de Rosa.

—Me alegra oírlo. ¿Y de qué ha sido esa lección, si puede saberse?


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