Ocho primos
Ocho primos —¡Oh, no! Me abandonaron en los escalones del hospicio cuando era muy pequeña y como la señorita Rogeris me tomó afición, allí he vivido desde entonces. Murió, ¿sabes?, y ahora tengo que bastarme sola.
—¡Qué interesante! —exclamó Rosa, y como era muy afecta a los cuentos de huérfanos, de los cuales había leído muchos, prosiguió: —Es igualito que Arabella Montgomery en «La gitana». ¿Lo has leído alguna vez?
—No tengo libros que leer, y todo el tiempo que me queda libre lo paso correteando por el bosque; eso me proporciona más descanso que las historias —contestó Febe, mientras terminaba una parte de su trabajo e iniciaba otra.
Rosa la miró mientras contemplaba una sartén llena de habichuelas, y se preguntó qué tal sería eso de tener mucho trabajo y que no quede tiempo para jugar. Al instante pareció que Febe pensó que le tocaba a ella hacer preguntas y dijo:
—¿Has estudiado mucho, verdad?