Ocho primos
Ocho primos —Debe ser divertido chapotear en el agua y pescar el jabón en el fondo —dijo Rosa, completamente cautivada con la nueva actividad—. Me encantarÃa hacerlo, sólo que mi tÃa no me lo permitirÃa, creo.
—Te cansarÃas pronto; lo mejor es que te quedes tranquila mirando.
—Por lo visto, ayudas mucho a tu mamá.
—No tengo familia.
—¿Y dónde vives, entonces?
—ConfÃo que voy a vivir aquÃ. Debby quiere que alguien ayude en la casa, y estoy en prueba por una semana.
—¡Ojalá te quedes, porque esto es muy triste! —dijo Rosa, que ya le habÃa tomado cariño a aquella chica que sabÃa cantar como los pájaros y trabajar como una mujer.
—Asà lo espero, pues he cumplido los quince y estoy en edad de ganarme la vida. Has venido para quedarte un poco, ¿verdad? —preguntó Febe, mirando a su huésped y preguntándose cómo podÃa ser triste la vida para una niña que llevaba vestido de seda, un delantal de fruncidos primorosos, un dije precioso y el cabello recogido con una cinta de terciopelo.
—SÃ, me quedaré hasta que venga mi tÃo. Ahora es mi tutor y no sé qué piensa hacer conmigo. ¿Tienes tutor?