Ocho primos

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La niña se secó las manos, cruzó los pies sobre la pequeña isla de esterilla perdida en un mar de jabón y, con el imaginable asombro de parte de Rosa, de su garganta salió el gorjeo de una golondrina, el silbido de un petirrojo, el llamado de un azulejo, el canto de un zorzal, el arrullo de una paloma torcaz y muchas otras notas familiares, rematadas como antes en el éxtasis musical de uno de esos pajaritos que cantan y revolotean por encima de los arrozales.

De tal modo se maravilló Rosa que estuvo a punto de caerse del estante y cuando concluyó el pequeño concierto aplaudió con entusiasmo.

—¡Es sorprendente! ¿Quién te ha enseñado?

—Los pájaros —contestó la chica, sonriendo, y volvió a su tarea.

—¡Es admirable! Yo sé cantar, pero nada que pueda compararse. ¿Cómo te llamas?

—Febe Moore.

—He oído hablar de los pájaros febe; pero no creí que una Febe de veras lo pudiese hacer —rió Rosa, añadiendo, mientras observaba con interés las jabonaduras dispersas en los ladrillos:

—¿Puedo entrar a verte trabajar? Allí fuera estoy muy sola.

—Claro… Si es tu gusto —contestó Febe, retorciendo el trapo con un aire profesional que impresionó mucho a Rosa.


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