Ocho primos

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—¿Aquí dentro? ¡Qué raro! —dijo. Pero cuando entró, no vio por allí más ave que las golondrinas de porcelana, trenzadas en su beso interminable, que se destacaban en un estante. Repentinamente, se le iluminó el rostro y, abriendo la portezuela deslizante, miró en la cocina. Pero la música había cesado, y lo único que vio fue una chica de delantal azul que fregaba la hornalla. Rosa dirigió su mirada en torno durante un minuto y preguntó bruscamente:

—¿Has oído el sonsonete?

—Yo más bien lo llamaría Febe —contestó la niña, levantando sus ojos negros, en los cuales brillaba una chispita.

—¿Y por dónde se ha ido?

—Sigue estando aquí.

—¿Dónde?

—En mi garganta. ¿Quieres oírlo?

—¡Oh, sí! Voy a entrar.

Rosa trepó por la portezuela hasta el ancho estante del otro lado, por cuanto tenía demasiada prisa y demasiada curiosidad para dar toda la vuelta.


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