Ocho primos
Ocho primos Viendo esto las pobres tÃas se estrujaban los cerebros buscando nuevas distracciones, y determinaron recurrir a un expediente audaz, aunque no muy esperanzadas en el éxito. Nada dijeron a Rosa acerca de su plan para ese sábado por la tarde, pero la dejaron tranquila hasta el momento de la gran sorpresa, sin imaginarse ni remotamente que la extraña criatura encontrarÃa por sà misma una distracción en el sitio menos indicado.
Antes de que la primera lágrima tuviese tiempo de abrirse paso, el silencio fue interrumpido por un sonido que la hizo aguzar los oÃdos. Eran tan solo el gorjeo suave de un pájaro, pero le pareció que serÃa un pájaro singularmente dotado, pues mientras escuchaba el gorjeo se trocó en animoso silbido, luego en un trino, luego un arrullo y después un pÃo—pÃo, hasta rematar en una mezcla musical de todas las notas, como si el ave hubiese prorrumpido en carcajadas. Rosa rió también, olvido su pesar, y poniéndose en pie de un salto, dijo ansiosamente:
—¡Es un sonsonete! ¿Dónde está?
Corrió todo lo largo del salón y miró a hurtadillas por ambas puertas, pero lo único que vio con plumas fue un pollo de cola sucia bajo una hoja de bardana. Escuchó nuevamente y creyó notar que el sonido provenÃa de la casa misma. Se puso en marcha, encantada con la persecución, y el sonido cambiante la condujo a la puerta de la alacena de la porcelana.
