Ocho primos
Ocho primos Luego ambas damas aunaron ideas y seleccionaron juntas la niña modelo de la vecindad, para que viniese a jugar con su sobrinita. Pero Annabel Bliss constituyo un fracaso mayor que los otros, pues a Rosa no le cayo en gracia, y declaro que le resultaba tan parecida a una muñeca de cera, que hasta llego a sentir deseos de pellizcarla para ver si gritaba. La relamida Annabel fue devuelta a su casa, y durante uno o dos días las impotentes tías dejaron a Rosa librada a sus propios arbitrios.
El mal tiempo y un constipado la retuvieron dentro y paso la mayoría del tiempo en la biblioteca donde se conservaban los libros de su padre. Allí leyó muchísimo, lloro un poco y acaricio algunos de esos sueños inocentes y seductores en que los chicos imaginativos encuentran tanto solaz y deleite. Esto pareció mucho más agradable que ninguna otra cosa, pero no dio el resultado apetecido y la niña fue volviéndose pálida, ojerosa y desatenta, aunque la tía Abundancia le dio más cuerda de la que se necesita para hacer un ovillo y la tía Paz la acariciaba como si fuese un cachorrito.
