Ocho primos
Ocho primos Rosa salió al balcón para sacudir las alfombras, y después de aporrearlas bien, las colgó en la baranda para que se aireasen. Mientras tanto, se entretuvo en mirar sus plantas. Había varios jarrones y macetas altas, y el sol y la lluvia de junio habían obrado maravillas con las raíces y retoños plantados. Dondiegos de día y nasturcias corrían por los hierros, con prisa por florecer. Madreselvas y enredaderas de varias clases trepaban desde el piso bajo en busca de sus hermosas vecinas, y dondequiera que tenían sitio para asirse alargaban sus brotes, que pendían como festones verdes.
Las aguas de la bahía danzaban bajo la caricia solar, un viento fresco mecía los castaños arrancándoles un ruido grato, y el jardín de la planta baja estaba lleno de rosas, mariposas y abejas. Los pájaros en su gloria gorjeaban y piaban, realizando gozosos la tarea de constructores y a lo lejos gaviotas de blancas alas descendían y rozaban el agua como barcos entrecruzándose con otras aves mayores.
—¡Oh, Febe, tenemos un día encantador! Me gustaría que tu hermoso secreto se materializase en un día así. Siento deseos de disfrutar, ¿y tú? —preguntó Rosa, que movía los brazos como si estuviese por echar a volar.