Ocho primos
Ocho primos EL SECRETO DE FEBE
Por quĂ© no haces más que sonreĂr sola, Febe? —preguntĂł Rosa una mañana en que ambas trabajaban juntas, pues el doctor Alec consideraba que los quehaceres domĂ©sticos son la mejor gimnasia y Rosa tomaba lecciones de Febe en lo tocante a barrer pisos, sacudir el polvo y hacer las camas.
—Estaba acordándome de un secretito que conozco y me sonreà sin querer.
—¿Lo conoceré alguna vez?
—Supongo que sĂ.
—¿Y me gustará?
—¡Oh! ¡Cómo no ha de gustarle!
—¿Sucederá pronto?
—Esta misma semana.
—¡Ya sé lo que es! Los chicos piensan quemar fuegos artificiales el cuatro de julio y me deparan una sorpresa. ¿Es eso?
—Asà dicen.
—Bueno, puedo esperar. Dime sĂłlo una cosa. ÂżEstá el tĂo en ello?
—Claro que sĂ. No estando Ă©l, no hay nada divertido.
—Entonces está bien, y tengo la certeza de que será lindo.
