Ocho primos

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—Bueno, entonces te enseñare a freír pescado y preparar chowder. Ordena bien esas sartenes y cazuelas y arréglalo todo un poco, porque la tía Jessie quiere a toda costa hacer algo, y deseo que todo esté impecable cuando llegue.

A eso de las cuatro el campamento estaba ordenado y los trabajadores fatigados se sentaron en la Roca Mirador para ver si se divisaban Jessie y Jamie, que nunca se soltaba del delantal de la mamá. Parecían una bandada de azulejos, todos vestidos de marino, y con tanta cinta azul volante en cada uno de los sombreros como para poner una mercería. Eran azulejos muy musicales, pues todos cantaban y el eco de sus voces alegres llegó a los oídos de la señora Jessie mucho antes de que pudiese verlos.

Justo en el instante en que el bote apareció a la vista, izaron la bandera de la isla y los marineros vivaron entusiastamente, como hacían en todo momento propicio, cumpliendo con su tradición de buenos patriotas. Esta salutación fue contestada por una mano que agitaba en alto un pañuelo y la voz que decía «¡Ra! ¡Ra! ¡Ra!», voz perteneciente a un marinerito que estaba erguido en la popa, agitando el sombrero, mientras una mano maternal lo tenía bien sujeto por la espalda.


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