Ocho primos
Ocho primos El desembarco de Cleopatra, al descender de su galera de oro, no fue nada en comparación con las aclamaciones de entusiasmo con que la «mamita» fue llevada a la tienda por aquellos chicuelos, por amor a los cuales se resignó sonriente a sufrir incomodidades durante tres días. Jamie se unió en el acto a Rosa, asegurándole que podía contar con su protección contra los infinitos peligros que pudieran presentársele.
Sabedora, a través de su larga experiencia, que los chicos tienen siempre hambre, la tía Jessie no tardó en proponer que cenasen, y se dedicó a preparar la comida, envolviéndose en un delantal enorme y poniéndose en la cabeza un viejo sombrero de Archie. Rosa ayudó y trató de ser tan lista como Febe, aunque el estilo peculiar de mesa dificulto la tarea. Por último quedó todo en orden, y un conjunto animoso se sentó bajo los árboles a comer y beber, sin cuidarse de respetar los platos y tazas ajenos y sin que les causara desazón la aparición frecuente de hormigas y arañas en los lugares que menos se prestan para ser adornados por esta clase de insectos.
—Nunca hubiese creído que lavar la vajilla habría de gustarme tanto como me gusta, pero así ocurre —dijo Rosa, al sentarse en un bote después de la cena, a para enjuagar por la borda los platos, voluptuosamente mecida por las olas.