Ocho primos
Ocho primos —Mamá tiene cosas muy raras —dijo Geordie, que estaba sentado en un bote vecino—. Nosotros solamente los fregamos con arena y luego los repasamos con un pedazo de papel; y creo que es el mejor sistema.
—¡Cómo le gustarÃa esto a Febe! ¿Por que no la habrá invitado el tÃo?
—Creo que hizo la prueba, pero Debby estaba enojadÃsima y dijo que no podÃa prescindir de ella. Lo siento, porque a todos nos agrada Febe y aquà estarÃa a sus anchas, ¿no es verdad?
—Tiene derecho a una vacación, como todos nosotros. Es una pena no haberla traÃdo.
Esto último fue idea de Rosa, y varias veces la revolvió en su cerebro aquella noche, pues Febe habrÃa contribuido eficazmente al concierto que realizaron a la luz de la luna, habrÃa disfrutado con los cuentos que relataron y tomado parte en las adivinanzas, y se habrÃa reÃdo muchÃsimo. Lo más hermoso de todo habrÃa sido al acostarse, pues a Rosa le hubiese encantado tener alguien con quien acurrucarse bajo la frazada azul, para reÃrse y decir secretos en voz baja, lo cual divierte tanto a las chicas.