Ocho primos

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Cuando los demás hacía un rato que se habían dormido, Rosa seguía despierta, emocionada por la novedad que aquello le ofrecía, y de pronto se le ocurrió una idea. A lo lejos oyó que un reloj daba las doce; una estrella grande, como un ojo avizor, parecía espiar por la abertura de la tienda, y el murmullo de las aguas al chocar contra la orilla de la isla era como una invitación. La tía Jessie dormía a pierna suelta, con su pequeño Jamie enrollado a los pies, y ninguno de los dos hizo el menor movimiento mientras Rosa, después de ponerse una ropita de abrigo, salió a ver que tal aspecto tenía el mundo a esa hora.

Le pareció excelente, y se sentó en una barriquita de galletas, para gozar del espectáculo a sus anchas, henchido el corazón del inocente sentimiento propio de sus pocos años. Por fortuna, el doctor Alec la vio antes que tuviese tiempo de pescar un constipado, pues al salir en busca de más aire por la parte trasera de su tienda llamó su atención la pequeña figura y la sombra que la luna proyectaba en el suelo. Como no tenía miedo a los espectros, se aproximo silenciosamente, y al advertir quien era, le posó una mano en sus cabellos brillosos y dijo:

—¿Qué hace aquí mi niña?

—Disfrutando del espectáculo —dijo Rosa, sin denotar sobresalto alguno.


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