Ocho primos
Ocho primos —¿Que estará pensando mi sobrinita con ese semblante tan serio?
—En lo que usted me contó de aquel marinero valiente que cedió su sitio en la balsa a las mujeres y la última gota de agua al pobre nenito. Los que hacen sacrificios son muy queridos y admirados, ¿verdad, tÃo?
—Si el sacrificio es real, sÃ. Pero muchos de los más valientes no son conocidos nunca y nadie ensalza sus actos. Esto no amengua la belleza del gesto, aunque tal vez lo hace más duro, pues a todos nos placen las alabanzas —y al pronunciar estas últimas palabras, el doctor Alec lanzó un suspiro que parecÃa expresar resignación.
—Supongo que usted habrá hecho muchos. ¿Por que no me cuenta algunos? —preguntó Rosa, a quien el suspiro no pasó inadvertido.
—El último fue dejar de fumar —dijo el doctor Alec, desviando en forma poco romántica la conversación.
—¿Y por qué lo hizo?
—Es un mal ejemplo para los chicos.
—Su decisión merece los mayores elogios. ¿Le costó trabajo?
—Me avergüenzo de confesarlo, pero asà fue. Sin embargo, como cierta vez dijo un sabio: «Es necesario cumplir con el deber; no hace falta sentirse feliz».