Ocho primos
Ocho primos La forma en que Rosa meditó en aquel dicho denotaba que le habÃa gustado.
—Prescindir de las cosas que se desean ardientemente es un gran sacrificio, ¿verdad, tÃo?
—SÃ.
—¿Y hacer el sacrificio en secreto porque una quiere mucho a otra persona y desea que sea feliz?
—También es gran cosa.
—¿Hacerlo con voluntad, alegrándose sin detenerse a pensar si no llega el reconocimiento?
—SÃ, querida, ese es el verdadero espÃritu del sacrificio y de la abnegación, y al parecer lo entiendes. DirÃa que en la vida no pueden faltarte ocasiones de practicarlo. ConfÃo que no te cuesten gran trabajo.
—Creo que no será tan fácil —dijo Rosa, y se contuvo bruscamente.
—Si asà es, hagamos uno ahora. Vete a dormir, porque podrÃas amanecer enferma, y las tÃas dirán que el camping es una locura.
—Muy bien, tÃo; buenas noches —y echándole un beso con las manos, el pequeño espectro desapareció.