Ocho primos
Ocho primos Como quiera que fuese, se sintió más satisfecha con su vestidito de percal marrón y su delantal a cuadros azules. La envidia cedió el puesto a la compasión, y si hubiese tenido más valor se habría levantado para acercarse a su afligida huésped y apretujarla contra su cuerpo.
Pensando que tal vez eso estaría feo, dijo en un tono alentador:
—Estoy segura que no debes estar tan sola, teniendo toda esa gente alrededor tuyo, todos tan ricos y tan inteligentes. Te van a deshacer de tanto acariciarte, dice Debby, porque eres la única chica de la familia.
Las últimas palabras de Febe hicieron sonreír a Rosa a pesar de sus lágrimas, y por entre los pliegues del delantal asomó su carita, diciendo en un tono de cómica amargura:
—¡Ése es uno de mis pesares! Tengo seis tías, y todas me quieren con ellas, pero no conozco a ninguna bastante bien. Papá bautizó esta casa con el nombre de «el hormiguero de las tías», y ahora veo por qué.
Febe rió con ella, al decir:
—Todos la llaman así, y el nombre está muy bien puesto, pues —todas las señoras Campbell viven por aquí cerca y vienen continuamente a ver a las ancianas.