Ocho primos

Ocho primos

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—Podría soportar a las tías, pero hay docenas de primos, chicos horribles todos ellos, y detesto los chicos. Algunos vinieron a verme el miércoles pasado, pero yo estaba acostada, y cuando vino a llamarme la tía me metí bajo las cobijas y fingí estar dormida. Alguna vez tendré que verlos, pero les temo muchísimo.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Rosa, pues, habiendo vivido sola con su padre inválido, no sabía nada de niños y los consideraba algo así como bestiezuelas salvajes.

—¡Oh! Creo que a mí me gustan. Los he visto corriendo por ahí cuando vienen de la Punta, unas veces en los botes y otras a caballo. Si te gustan los botes y los caballos, vas a divertirte en grande.

—No, no me gustan. Los caballos me dan miedo y los botes me enferman, y además aborrezco los chicos.

La pobre Rosa se retorció las manos, pensando en el cuadro que se ofrecía ante su vista. Uno solo de aquellos horrores hubiera podido soportarlo; pero todos juntos eran mucho para ella, y se puso a pensar en el tiempo que le faltaría para volver a la escuela detestada.

Febe rió de sus temores, y tal fue su risa que las habichuelas bailaron en la sartén; pero trató de consolarla sugiriéndole medios y recursos.

—Es posible que tu tío te lleve donde no hayan chicos. Debby dice que es un hombre realmente muy bueno y que siempre que viene trae montones de cosas hermosas.


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