Ocho primos
Ocho primos —SÃ, pero ahà tienes otra molestia, pues no conozco en absoluto al tÃo Alec. Casi no ha venido a vernos, aunque a menudo me mandaba regalitos. Ahora dependo de él y tendré que cuidarlo hasta que cumpla dieciocho años. Puede que no me guste, y todo el tiempo no hago otra cosa que temblar.
—Bueno, yo no buscarÃa quebraderos de cabeza y procurarÃa pasarla bien. Es seguro que creerÃa vivir en Jauja si tuviera familia y dinero, sin otra ocupación que divertirme —empezó a decir Febe, pero no continuó, pues el bullicio que llegó a sus oÃdos desde fuera las hizo dar un salto.
—¡Eso es un trueno! —exclamó Febe.
—¡Es un circo! —gritó Rosa, la cual desde su pértiga elevada habÃa divisado una especie de carro gris y varios caballitos de melenas y colas sacudidas por el viento.
El ruido fue apagándose, y las chicas estaban por reanudar sus confidencias cuando apareció la vieja Debby, al parecer enojada y somnolienta después de su siesta.
—Te buscan en la sala, Rosa.
—¡Ha venido alguien?
—Las niñas no deben hacer preguntas, sino obedecer cuando se les manda algo —fue cuanto se dignó responder Debby.