Ocho primos
Ocho primos —¡Ojalá que no sea la tÃa Myra! —exclamó Rosa, preparándose a retirarse por el mismo camino por el cual habÃa ido, pues la abertura de la puerta corrediza, que tenÃa por objeto dar entrada a pavos gordos y apetitosos pasteles de Navidad, era bastante grande para una chica delgada como ella—. Mi tÃa Myra me asusta a más no poder preguntándome cómo sigo de la tos, y refunfuñando como si yo estuviese por morir.
—En cuanto veas quien es, te va a pesar que no sea tu tÃa Myra —gruñó Debby, convencida de que su obligación era tratar con aspereza a los chicos—. Que no vuelva a verte entrando en mi cocina por ahÃ, porque si te encuentro voy a dejarte encerrada.