Ocho primos
Ocho primos Lo único que pudo inducirlos a interrumpir sus jugueteos en el líquido elemento fue el chowder; ese famoso plato, que ostenta orgulloso el polvo de su antigua tradición y requiere muchas manos, por lo cual fue necesario que los duendecillos del agua saltasen a tierra y se sintiesen dispuestos a trastear en la cocina.
No hace falta decir que, una vez terminado, fue uno de los chowders más excelentes de que hay memoria, y la cantidad que devoraron hubiera sorprendido al mundo si el secreto hubiese traspuesto los confines de la isla. Después de tamaño esfuerzo, lo más apropiado era una siesta, y unos se echaron a dormir en las tiendas y otros al aire libre, cada uno a su gusto y deseo, como guerreros que se caen rendidos dondequiera los sorprende la noche.
Los mayores acababan de disponerse a descansar un ratito cuando los pequeños se levantaron, reconfortados y dispuestos a seguir con sus diabluras. Una simple insinuación los mandó todos a la cueva, y allí descubrieron arcos y flechas, mazas de combate, espadas viejas y varias otras reliquias de gran interés. Encaramada en una roca que dominaba el paisaje y en compañía de Jamie, que le explicaba las cosas, Rosa contempló una serie de escenas emocionantes ejecutadas con gran vigor y exactitud histórica por sus hábiles parientes.