Ocho primos
Ocho primos —Yo estoy conforme. Supongo que Charlie no tendrá inconveniente.
—Gracias. No dejes de ayudarme cuando pida permiso de mañana, y hasta entonces no digas nada, salvo a Charlie. Prométemelo —y tan vehemente fue el tono en que Rosa dijo esto, que Archie creyó necesario adoptar una pose dramática y gritar con fuerza:
—¡Por esa luna lo juro!
—¡Calla! Muy bien, acuéstate —y Rosa se alejó muy satisfecha.
—Es una diablilla muy simpática, ¿verdad, PrÃncipe?
—Claro que sÃ. Puedo asegurarte que le he tomado gran cariño.
Rosa oyó ambas cosas, y al retirarse a su tienda, se decÃa con somnolienta dignidad:
—¡Diablilla simpática! Esos muchachos hablan como si yo fuese una criatura. Espero que pase el dÃa de mañana y no tendrán más remedio que tratarme con mayor respeto.
Archie estuvo de su lado al dÃa siguiente, y su ruego fue atendido prestamente, pues prometieron volver en seguida. Salieron, y Rosa saludó con la mano a los isleños, pero en su actitud pensativa algo tenÃa que ver una heroica determinación que acariciaba interiormente y el espÃritu de abnegación que estaba por ilustrar en forma nueva y conmovedora.