Ocho primos
Ocho primos Mientras los muchachos conseguÃan la leche, Rosa fue corriendo a ver a Febe y le ordenó que dejara los platos, se pusiera el sombrero y llevase de vuelta una nota al tÃo Alec, en la cual le explicaba su actitud un tanto misteriosa. Febe obedeció, y cuando fue al bote la acompañó Rosa, para decir a los chicos que aun no podÃa volverse, pero que alguno de ellos podrÃa ir a buscarla cuando desde el balcón les hiciese señas con un trapo blanco.
—¿Y por qué no vienes ahora? ¿Que enredo te traes? Al tÃo no va a gustarle —dijo Charlie, protestando muy extrañado.
—Haz lo que te digo, criatura; el tÃo lo entenderá todo y aceptará. Obedece, como me ha obedecido Febe y no hagas preguntas. Puedo tener mis secretos igual que cualquiera —dijo Rosa, alejándose altanera y con tal aire de orgullosa independencia que sus amigos se impresionaron muchÃsimo.
—Hay algún complot entre el tÃo y ella —se dijeron los muchachos, alejándose sin más insistencia—; lo mejor es que no nos entrometamos, ¿no es verdad, Febe?
Pero en la isla fueron recibidos con muestras de gran extrañeza. Esto es lo que la nota decÃa:
Querido tÃo: