Ocho primos

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Rosa, mientras tanto, había pasado el día activa y tranquila, ayudando a Debby, atendiendo a la tía Paz y resistiendo con firmeza los intentos que hizo la tía Abundancia, en su afán por mandarla de vuelta a la isla. De mañana le resulto duro aquello de venir de un mundo exterior brillante, en medio de banderas, cañonazos, cohetes y tanta gente dedicada al regocijo general, y ponerse a lavar tazas, mientras que Debby refunfuñaba y las tías lamentaban lo hecho. Duro fue también ver el día que tocaba a su término, sabiendo que del otro lado del agua las horas serían venturosas y que le habría bastado con una palabra para lograr el anhelo que, pese a todo, alentaba con fuerza en su corazón. Pero lo peor fue cuando llego la noche. La tía Paz estaba dormida, la tía Abundancia hablaba con una vecina en la sala, Debby se había instalado en un lugar del porche desde el cual podía verla exhibición y a la chica no le quedaba nada que hacer más que ponerse sola en el balcón a mirar cómo los cohetes ascendían dando vueltas por el aire en la isla, la montaña y la ciudad, mientras que a lo lejos sonarían bandas de música y el agua sería surcada por botes cargados de gente alegre.





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