Ocho primos
Ocho primos —¿De qué se trata? —inquirió Rosa, mirándolo preocupada, pues algo estaba cavilando y temió que el niño hubiera adivinado sus pensamientos. El resto de la conversación le demostró que asà era.
—Mira, quiero saber una cosa y tienes que decÃrmela.
—No, por favor… —empezó Rosa, implorante.
—Tienes que hacerlo, o de lo contrario me arranco esta visera y me pongo a mirar el sol con todas mis ganas. Vamos…
Casi pareció que querÃa poner en ejecución su amenaza. Rosa, muy alarmada, gritó:
—SÃ, bueno; pregunta y te diré lo que quieras. Pero no seas imprudente y deja de pensar en tonterÃas.
—Muy bien. Entonces, escucha, y no esquives la pregunta, como hacen todos. ¿Que conclusión sacó el doctor la última vez que vino? ¿No dijo que sigo peor de la vista? Mamá no me lo cuenta, pero tú lo harás.
—Creo que sà —contestó Rosa, muy desfalleciente.
—Me lo imaginaba. ¿Y dijo que podrÃa volver a la escuela cuando empezaran las clases?
—No —replicó Rosa en voz muy baja.
—¡Ah!