Ocho primos
Ocho primos —Asà es; pero queda mucho aún, y es posible que aun goces del resto.
—¿Cómo es posible? ¡Es seguro! ¿Supone ese viejo mentecato que voy a seguir apolillándome aquà dentro mucho tiempo más?
—Por lo visto, sÃ; a menos de que tus ojos mejoren con mucha mayor rapidez que hasta ahora.
—¿Ha dicho algo nuevo últimamente?
—Yo no lo he visto. ¿Empezamos? Esto parece muy bonito.
—Lee; todo me es igual.
Y Mac se tiró en el viejo canapé, donde su cabeza descansaba más. Rosa empezó su lectura con gran entusiasmo, arremetiendo valerosamente contra los nombres difÃciles de pronunciar y sacándolos a flote bastante bien; o por lo menos eso parecÃa, en virtud de que su oyente no le corrigió una sola vez y se lo veÃa tan quieto que la niña lo supuso interesadÃsimo. Mas de pronto el niño la detuvo en mitad de un párrafo hermoso, pegó un golpe con los pies al bajarlos al suelo y se irguió de un salto, diciendo con nerviosa entonación:
—¡Basta! No quiero oÃr una palabra más y es mejor que reserves tus energÃas para contestarme unas preguntas.