Ocho primos

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Estaba lejos de suponer todo cuanto aprendía en aquellos momentos, tanto a través de los libros que leía como en los sacrificios que hacía días tras día. Cuentos y poesía eran su deleite, pero a Mac no le interesaban; y como sus griegos y romanos predilectos estaban prohibidos, se avino a relatos de viajes, biografías y las historias de las grandes invenciones y descubrimientos. Rosa despreció éstas cosas al principio, pero no tardó en apasionarse por las aventuras de Livingstone, la vida emocionante de Hobson en la India y las tribulaciones y triunfos de Watt, Arkwright, Fulton y «Palissy the Potter». Los libros de esta clase templaron el espíritu de la niña soñadora, cuya devoción y cuya paciencia sin límites conmovieron al chico, y más tarde ambos conocieron la utilidad que esas horas al parecer pesadas tendrían en sus vidas.

Una mañana brillante, mientras Rosa se disponía a empezar un grueso volumen titulado «Historia de la Revolución Francesa», temerosa de sufrir mucho con la retahíla de nombres largos, Mac, que se movía lentamente por el cuarto como un oso ciego, la detuvo preguntándole bruscamente:

—¿Qué día es hoy?

—Siete de agosto, según creo.

—¡Ha pasado casi la mitad de mis vacaciones —exclamó Mac, con sordo encono— y no he disfrutado de ellas más que una semana.


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