Ocho primos

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Dijo poco, pero ella adivinó que le estaba agradecido, pues lo sobrellevaba mejor que ningún otro. Si llegaba tarde, él no protestaba; cuando tenía que marcharse, el niño parecía quedarse triste; y cuando el corazón dolorido parecía sentir con más fuerza el peso de su infortunio, ella tenía siempre una forma u otra de calmarlo y hacerlo dormir, tarareando las viejas canciones aprendidas de su padre.

—No sé que haría sin esa niña —decía a menudo la tía Juana.

—Vale tanto como todos esos demonios juntos —agregaba Mac, preguntando anhelante si la silla estaba colocada en su sitio para cuando Rosa llegase.

Esa era la recompensa que a Rosa halagaba, el agradecimiento que le daba aliento; y cuando sentía cansancio, miraba la pantalla verde y la cabeza rizosa que se removía en la almohada, y las pobres manos temblorosas, al tocarla, parecían acariciarle el corazón, infundiéndole renovado ánimo.




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