Ocho primos
Ocho primos El tío Alec era ideal, pero no podía dedicar el día entero al enfermito, y si no hubiese sido por Rosa, el pobre Gusano la habría pasado muy mal. Su voz agradable fue un regalo para los oídos del niño, su paciencia no tuvo límites y al parecer el tiempo carecía de valor para ella, todo lo cual significa que el consuelo fue inmenso.
La niña denotó un gran poder de abnegación, y permaneció fielmente en su puesto mientras los demás huían. Hora tras hora se la vio sentada en el cuarto en penumbra, donde el único rayo de luz era el que iluminaba el libro, leyéndole al chico, que con los ojos cubiertos disfrutaba de aquel único placer que iluminó sus días de dolor. A veces se ponía exigente y, era difícil complacerlo, a veces refunfuñaba porque la lectora no sacaba partido de los libros áridos que él prefería, y otras se mostraba tan abatido que ella sentía impulsos de llorar. Pero a través de estos sufrimientos Rosa se mantuvo incólume, y apeló a todos los recursos posibles para aliviar su situación. Cuando se quejaba fue paciente; cuando refunfuñaba, proseguía valerosa la marcha a través de las páginas abstrusas, que nada tenían de sequedad, pues sus lágrimas caían en silencio sobre ellas de cuando en cuando. Y las veces en que Mac se denotaba deprimido, lo alentaba con todas las palabras de esperanza que acudían a su imaginación.