Ocho primos

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Ninguno se atrevió a comunicarle el pronóstico alarmante del médico oculista que fue a verlo, y el niño trató de tener paciencia, pensando que con unas semanas de descanso repararía el destrozo de muchos años.

Le prohibieron mirar siquiera un libro, y como eso era lo que más lo apasionaba, el Gusano se sintió terriblemente afligido. Todos deseaban leerle en voz alta, y al principio los chicos pujaron por la distinción y el honor. Pero a medida que transcurrían las semanas y Mac seguía confinado a la quietud y la oscuridad, el celo disminuyó. No era cosa fácil para chicos tan movedizos, precisamente en mitad de sus vacaciones; y nadie los culpó si ahora pujaban por hacer encargos, visitarlo brevemente, y traerle tan sólo cálidas expresiones de simpatía.

Los mayores hicieron cuanto les fue posible, pero el tío Mac era hombre muy ocupado, las lecturas de tía Juana sonaban a entierro y no había quien pudiese aguantarlas mucho rato, y las otras tías estaban absorbidas por sus respectivas preocupaciones, aunque no dejaban de tener con el chico todas las atenciones imaginables.



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