Ocho primos

Ocho primos

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Se detuvo. Era evidente que el chico no la escuchaba. Al parecer, la palabra «ciego» lo había impresionado vivamente, pues enterró la cara en la almohada y así permaneció tan inmóvil que Rosa de pronto sintió miedo. Se mantuvo quieta unos minutos, deseosa de consolarlo, pero sin saber como y preguntándose por que no vendría el tío Mac, ya que él había prometido revelar al niño la terrible verdad.

Al poco rato, desde la almohada llegó a sus oídos un ruido como de sollozos ahogados que la inquieto muchísimo, los sollozos más patéticos de que tenía memoria. Aun cuando era ese el medio más natural de alivio, estaba indicado que se evitase al niño esta clase de disgustos por razón de sus ojos enfermos. El libro de la Revolución Francesa se le cayó al suelo y Rosa corrió al sofá, arrodillándose a sus pies y diciendo con esa especie de ternura maternal que es tan propia de las niñas frente al dolor:

—¡Mac, querido Mac, no llores! Te perjudica más los ojos. Quita la cabeza del calor de la almohada y dejame refrescártela. Entiendo que estés muy afligido, pero no llores así. Yo lloraré por ti, si quieres; a mí no me afectará del mismo modo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker