Ocho primos

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Mientras hablaba, retiró la almohada suavemente y vio la visera completamente arrugada y manchada de lágrimas, las lágrimas del amargo desaliento que Mac acababa de sufrir. Mac presintió su compasión, pero era chico y no le dio las gracias; tan solo se incorporó en el asiento bruscamente y dijo, mientras procuraba enjugar las lágrimas delatoras con la manga de su chaqueta:

—No te preocupes. Los ojos enfermos siempre lloran. Estoy bien.

Rosa se le abalanzo y exclamó:

—¿No los roces con ese género áspero de lana!

Acuéstate y deja que te aplique un baño ocular. Con eso volverás a sentirte perfectamente.

—Me arden espantosamente. Por favor, Rosa, ¿no les dirás a los otros muchachos que me he portado como un chiquillo? —añadió, sometiéndose a las órdenes de la enfermera en medio de un suspiro más prolongado.

Rosa, entretanto buscaba el baño de los ojos y un pañuelo fino de hilo.


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