Ocho primos

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—A ser buenos todos, y a pensar cosas en bien de Mac —y tan plácidamente sonrió, que los chicos creyeron que el sol brillaba y penetraba de pronto a raudales, abriéndose paso detrás de una nube oscura.

La tormenta aclaro el aire y siguió una calma placentera, durante la cual se formularon proyectos de las clases más variadas y sorprendentes, pues todos ardían en deseos de ofrecer sacrificios en el altar del pobre Mac, y Rosa era la estrella que los guiaba y a la cual obedecían ellos con rendida humildad. Por supuesto, tan elevado estado de cosas no podía durar mucho, pero mientras duro fue agradabilísimo, y dejó huellas excelentes en los espíritus de todos una vez que pasó el ardor primero.

—Bueno, ya está esto listo para mañana, y confío que amanezca nublado —dijo Rosa, cuando concluyó la nueva visera, cuyo progreso observaron los niños con interés.

—Yo había pedido un día de sol extraordinario, pero voy a decirle al encargado del tiempo que cambie mi ruego —dijo Charlie, que había vuelto a su gallardía habitual—. Es un empleado muy voluntarioso, y me atenderá. No te inquietes.

—Para ti es muy fácil hacer bromas, pero ¿te gustaría llevar en los ojos una visera como ésta durante semanas y semanas? —le pregunto Rosa, poniéndole al mismo tiempo la visera en los ojos.


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