Ocho primos
Ocho primos RINCONCITO AGRADABLE
FINALIZADAS las vacaciones, los chicos fueron enviados de nuevo a la escuela y el pobre Mac quedó a solas con sus lamentaciones. Ya podía salir del cuarto en sombras, y un adelanto señalaba el hecho de que pudiera usar las antiparras azules, aunque a través de ellas las cosas adquirirían un tinte desagradable, como es bien de suponer. Lo único que se le permitía era andar de un lado a otro y procurar divertirse sin emplear los ojos para nada. El que haya estado condenado a esta clase de ociosidad puede entender perfectamente cuál sería el estado de ánimo del niño y justificar que cierta vez dijese a Rosa visiblemente afligido:
—Mira, si no me inventas alguna nueva distracción u ocupación, voy a concluir por golpearme la cabeza con un hierro.
