Ocho primos
Ocho primos Rosa fue corriendo a ver al tío Alec, en busca de consejo, y éste ordenó que el paciente y la enfermera se trasladasen a las montañas durante un mes, acompañados por la tía Jessie y Jamie. Pokey y la madre de éste formaron también parte de la comitiva, y una alegre mañana de septiembre seis entusiastas viajeros subieron al expreso de Portland; o sea, dos mamás sonrientes, cargadas con fardos y cestos de comida; una linda joven, que llevaba en el brazo una bolsa de libros; un chico alto y delgado con el sombrero calado hasta los ojos; y dos niños muy pequeños, que estiraban las piernas y sonreían con sus caritas gordinflonas, encantados de saber que por fin «viajaban de veras».
Un crepúsculo singularmente hermoso señaló, al final de la venturosa jornada, su arribo a un portal ancho y verde, donde retozaban a sus anchas un potro blanco, una vaca bermeja, dos gatos, cuatro gatitos y unas doce personas, entre viejos y jóvenes. Todos estos saludaron y sonrieron cordialmente, y una chica pizpireta besó a los recién llegados, uno por uno y les dijo:
—Bueno… Me alegro infinitamente de verlos. Pasen, pasen y pónganse cómodos, y en menos que canta un gallo les haré servir el té, pues supongo que vienen cansados. Lizzie, enseña a estos señores los cuartos del piso alto; Kitty, corre y ayúdale a papá con los equipajes; y tú, Jenny, ven conmigo a preparar la mesa para cuando bajen.