Ocho primos

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Las chicas se dieron mucha maña y mucha prisa, y poco tardaron los huéspedes en sentirse como en sus propias casas, tanta fue la hospitalidad. La tía Jessie se encantó con las alfombras y almohadones hechos en casa y los muebles de aspecto raro; Rosa no pudo apartarse de las ventanas, pues cada una de ellas hacía de marco a un paisaje soberbio, y los niños se hicieron amigos de los otros chicos en el acto y muy pronto tuvieron los brazos llenos de pollitos y gatitos, pareciéndoles mentira que no hubiesen ido antes allí.

El sonido de un cuerno los llamó a la mesa y un conjunto bullicioso, del cual formaban parte seis chicos además de los pequeños Campbell, se reunió en el largo comedor, todos ellos bien munidos de apetitos montañeses y con el mejor humor del mundo. No había forma de ser tímidos o guardar discreción, pues los raptos de alegría eran como para desalmidonar a los más tiesos y dar placer a los más tristes. Mamá Atkinson, como todos llamaban a la dueña de casa, era la más alegre y más activa, pues volaba de un sitio a otro para servir a los chicos, trayendo nuevos platos, y ahuyentando los animales, cuya, sociabilidad era tanta que el potro se metió dentro en busca de azúcar, los gatos se sentaban en los regazos de la gente, mirando significativamente la comida y las gallinas limpiaron de migas el piso de la cocina, sin que entre ellas decayese la cacareante conversación un solo momento.


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