Ocho primos
Ocho primos Todos salieron después del té, para ver la caída del sol, que contemplaron hasta que desapareció por completo el rojo crepuscular y los mosquitos tocaron a retreta con sus zumbidos. La música de un armonio sorprendió a los excursionistas, y en el salón descubrieron a papá Atkinson arrancando sentidas notas de un instrumento que él mismo había fabricado. Rodeáronlo todos los chicos, y conducidos por las hermanas, cantaron alegremente hasta que Pokey cayó dormido detrás de la puerta y Jamie se puso a boquear ostensiblemente en mitad de su canción favorita.
«Cu—cú», decían las palomitas, «cu—cú» en lo alto del pino más elevado.
Los viajeros más viejos, como estaban cansados, fueron retirándose lentamente y no tardaron en caer profundamente dormidos, acariciados por el contacto de sábanas de confección casera y colchones toscos hechos por mamá Atkinson, la cual se diría que en ellos puso algunos polvos narcóticos, pues tan profundo y placentero fue el sueño.
Al día siguiente dieron comienzo a la vida al aire libre, que tan grandes milagros obra en las mentes cansadas y los cuerpos débiles. El tiempo era perfecto, y el aire de la montaña vigorizó a los niños como jóvenes corderos; mientras que los mayores se sonreían unos a otros, diciéndose:
—¿No es espléndido todo esto?